44
Que
otras veces amé negar no puedo, pero entonces amor tomó conmigo la
espada negra, como diestro amigo, señalando los golpes en el miedo.
Mas
esta vez que batallando quedo, blanca la espada y cierto el enemigo, no
os espantéis que llore su castigo, pues al pasado amor amando excedo.
Cuando
con armas falsas esgremía, de las heridas truje en el vestido (sin
tocarme en el pecho) las señales;
mas en el alma ya, Lucinda mía, donde
mortales en dolor han sido, y en el remedio heridas inmortales.
XVIII
¿Qué
tengo yo que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que
a mi puerta cubierto de rocío pasas las noches del invierno escuras?
¡Oh
cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño
desvarío, si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas
de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el Ángel me decía: «Alma,
asómate agora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía»!
¡Y
cuántas, hermosura[s] soberana, «Mañana le abriremos», respondía, para
lo mismo responder mañana!
189
Querido
manso mío, que venistes por sal mil veces junto aquella roca, y
en mi grosera mano vuestra boca y vuestra lengua de clavel pusistes,
¿por
qué montañas ásperas subistes que tal selvatiquez al alma os toca? ¿Qué
furia os hizo condición tan loca que la memoria y la razón perdistes?
Paced
la anacardina, porque os vuelva de ese cruel y interesable sueño, y
no bebáis del agua del olvido.
Aquí está vuestra vega, monte y
selva; yo soy vuestro pastor, y vos mi dueño; vos mi ganado,
y yo vuestro perdido.
70
Quiero
escribir, y el llanto no me deja, pruebo a llorar, y no descanso tanto, vuelvo
a tomar la pluma, y vuelve el llanto, todo me impide el bien, todo me
aqueja.
Si el llanto dura, el alma se me queja, si el
escribir, mis ojos, y si en tanto por muerte o por consuelo me levanto, de
entrambos la esperanza se me aleja.
Ve blanco al fin, papel, y a
quien penetra el centro deste pecho que enciende le di (si en
tanto bien pudieres verte),
que haga de mis lágrimas la letra, pues
ya que no lo siente, bien entiende, que cuanto escribo y lloro, todo es
muerte.
Un soneto me manda hacer Violante que
en mi vida me he visto en tanto aprieto; catorce versos dicen que es
soneto; burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que
no hallara consonante, y estoy a la mitad de otro cuarteto; mas
si me veo en el primer terceto, no hay cosa en los cuartetos que me
espante.
Por el primer terceto voy entrando, y parece que
entré con pie derecho, pues fin con este verso le voy dando.
Ya
estoy en el segundo, y aun sospecho que voy los trece versos acabando; contad
si son catorce, y está hecho.
1
Versos
de amor, conceptos esparcidos, engendrados del alma en mis cuidados, partos
de mis sentidos abrasados, con más dolor que libertad nacidos;
expósitos
al mundo, en que perdidos, tan rotos anduvistes y trocados, que
sólo donde fuistes engendrados fuérades por la sangre conocidos;
pues
que le hurtáis el laberinto a Creta, a Dédalo los altos pensamientos, la
furia al mar, las llamas al abismo,
si aquel áspid hermoso nos
aceta, dejad la tierra, entretened los vientos, descansaréis
en vuestro centro mismo.
133
Ya
no quiera más bien que sólo amaros, ni más vida, Lucinda, que
ofreceros la que me dais, cuando merezco veros, ni ver más
luz que vuestros ojos claros.
Para vivir me basta desearos, para
ser venturoso, conoceros, para admirar el mundo, engrandeceros, y
para ser Eróstrato, abrasaros,
La pluma y lengua, respondiendo a
coros, quieren al cielo espléndido subiros, donde están los
espíritus más puros;
que entre tales riquezas y tesoros, mis
lágrimas, mis versos, mis suspiros, de olvido y tiempo vivirán
seguros.
Beatus quí invenít
amicum verum
Eccl., cap.35
Yo dije siempre, y lo diré,
y lo digo, que es la amistad el bien mayor humano; mas ¿qué
español, qué griego, qué romano nos ha de dar este perfeto amigo?
Alabo,
reverencio, amo, bendigo aquel a quien el cielo soberano dio
un amigo perfeto, y no es en vano; que fue, confieso, liberal conmigo.
Tener
un grande amigo y obligalle es el último bien, y por querelle, el
alma, el bien y el mal comunicalle;
mas yo quiero vivir sin
conocelle; que no quiero la gloria de ganalle por no tener el
miedo de perdelle.
XXXI
Yo
me muero de amor, que no sabía, aunque diestro en amar cosas del
suelo, que no pensaba yo que amor del cielo con tal rigor las
almas encendía.
Si llama la moral filosofía deseo de
hermosura a amor, recelo que con mayores ansias me desvelo cuanto
es más alta la belleza mía.
Amé en la tierra vil, ¡qué necio
amante! ¡Oh luz del alma, habiendo de buscaros, qué tiempo
que perdí como ignorante!
Mas yo os prometo agora de pagaros con
mil siglos de amor cualquiera instante que por amarme a mí dejé de
amaros
XCIV
Yo
pagaré con lágrimas la risa que tuve en la verdura de mis años, pues
con tan declarados desengaños el tiempo, Elisio, de mi error me avisa.
«Hasta
la muerte» en la corteza lisa de un olmo, a quien dio el Tajo eternos
baños, escribí un tiempo, amando los engaños que mi temor
con pies de nieve pisa.
Mas, ¿qué fuera de mí, si me pidiera esta
cédula Dios, y la cobrara, y el olmo entonces el testigo fuera?
Pero
yo con el llanto de mi cara haré crecer el Tajo de manera que
sólo quede mi vergüenza clara. *
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