XVI
Muere
la vida, y vivo yo sin vida, ofendiendo la vida de mi muerte, sangre
divina de las venas vierte, y mi diamante su dureza olvida.
Está
la majestad de Dios tendida en una dura cruz, y yo de suerte que
soy de sus dolores el más fuerte, y de su cuerpo la mayor herida.
¡Oh
duro corazón de mármol frio!, ¿tiene tu Dios abierto el lado
izquierdo, y no te vuelves un copioso río?
Morir por él
será divino acuerdo, mas eres tú mi vida, Cristo mío, y
como no la tengo, no la pierdo.
XLVI
No
sabe qué es amor quien no te ama, celestial hermosura, esposo bello, tu
cabeza es de oro, y tu cabello como el cogollo que la palma enrama.
Tu
boca como lirio, que derrama licor al alba; de marfil tu cuello; tu
mano el torno y en su palma el sello que el alma por disfraz jacintos
llama.
¡Ay Dios!, ¿en qué pensé cuando, dejando tanta
belleza y las mortales viendo, perdí lo que pudiera estar gozando?
Mas
si del tiempo que perdí me ofendo, tal prisa me daré, que un hora
amando venza los años que pasé fingiendo.
¡Oh
libertad preciosa, no comparada al oro ni al bien mayor de la
espaciosa tierra! Más rica y más gozosa que el precioso
tesoro que el mar del Sur entre su nácar cierra, con armas,
sangre y guerra, con las vidas y famas, conquistado en el
mundo; paz dulce, amor profundo, que el mal apartas y a tu
bien nos llamas, en ti sola se anida oro, tesoro, paz, bien,
gloria y vida.
Cuando de las humanas tinieblas vi del
cielo la luz, principio de mis dulces días, aquellas tres
hermanas que nuestro humano velo tejiendo llevan por inciertas
vías, las duras penas mías trocaron en la gloria que
en libertad poseo, con siempre igual deseo, donde verá por mi
dichosa historia quien más leyere en ella que es dulce
libertad lo menos della.
Yo, pues, señor exento, de esta
montaña y prado, gozo la gloria y libertad que tengo. Soberbio
pensamiento jamás ha derribado la vida humilde y pobre que
entretengo; cuando a las manos vengo con el muchacho ciego, haciendo
rostro embisto, venzo, triunfo y resisto la flecha, el arco,
la ponzoña, el fuego, y con libre albedrío lloro el ajeno
mal y canto el mío.
Cuando el aurora baña con helado rocío de
aljófar celestial el monte y prado, salgo de mi cabaña riberas
de este río, a dar el nuevo pasto a mi ganado; y cuando el
sol dorado muestra sus fuerzas graves, al sueño el pecho
inclino debajo un sauce o pino, oyendo el son de las parleras
aves, o ya gozando el aura donde el perdido aliento se
restaura.
Cuando la noche fría con su estrellado manto el
claro día en su tiniebla encierra, y suena en la espesura el
tenebroso canto de los noturnos hijos de la tierra, al pie de
aquesta sierra con rústicas palabras mi ganadillo cuento; y
el corazón contento del gobierno de ovejas y de cabras, la
temerosa cuenta del cuidadoso rey me representa.
Aquí la
verde pera con la manzana hermosa de gualda y roja sangre
matizada, y de color de cera la cermeña olorosa tengo,
y la endrina de color morada; aquí de la enramada parra que
al olmo enlaza, melosas uvas cojo; y en cantidad recojo, al
tiempo que las ramas desenlaza el caluroso estío, membrillos
que coronan este río.
No me da discontento el hábito
costoso que de lascivo el pecho noble inflama es mi dulce
sustento del campo generoso estas silvestres frutas que
derrama; mi regalada cama de blandas pieles y hojas que
algún rey la envidiara; y de ti, fuente clara, que bullendo
el arena y agua arrojas, esos cristales puros, sustentos
pobres, pero bien seguros.
Estése el cortesano procurando
a su gusto la blanda cama y el mejor sustento; bese la ingrata
mano del poderoso injusto, formando torres de esperanza al
viento; viva y muera sediento por el honroso oficio, y
goce yo del suelo al aire, al sol y al hielo, ocupado en mi rústico
ejercicio; que más vale pobreza en paz que en guerra mísera
riqueza.
Ni temo al poderoso ni al rico lisonjeo, ni
soy camaleón del que gobierna; ni me tiene envidioso la
ambición y deseo de ajena gloria ni de fama eterna. Carne
sabrosa y tierna, vino aromatizado, pan blanco de aquel día, en
prado, en fuente fría, halla un pastor con hambre fatigado; que
el grande y el pequeño somos iguales lo que dura el sueño.
DE
EUROPA Y JÚPlTER
87
Pasando el mar el engañoso
toro, volviendo la cerviz, el pie besaba de la llorosa ninfa,
que miraba perdido de las ropas el decoro.
Entre las aguas
y las hebras de oro, ondas el fresco viento levantaba, a quien
con los supiros ayudaba del mal guardado virginal tesoro.
Cayéronsele
a Europa de las faldas las rosas al decirle el toro amores, y
ella con el dolor de sus guirnaldas,
dicen que lleno el rostro de
colores, en perlas convirtió sus esmeraldas, y dijo: «¡Ay
triste yo!, ¡perdí las flores!».
II
Pasos
de mi primera edad que fuistes por el camino fácil de la muerte, hasta
llegarme al tránsito más fuerte que por la senda de mi error
pudistes;
¿qué basilisco entre las flores vistes que de
su engaño a la razón advierte? Volved atrás, porque el temor
concierte las breves horas de mis años tristes.
¡Oh
pasos esparcidos vanamente! ¿qué furia os incitó, que habéis
seguido la senda vil de la ignorante gente?
Mas ya que es
hecho, que volváis os pido, que quien de lo perdido se arrepiente aun
no puede decir que lo ha perdido.
XIV
Pastor
que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño, Tú
que hiciste cayado de ese leño, en que tiendes los brazos poderosos,
vuelve
los ojos a mi fe piadosos, pues te confieso por mi amor y dueño, y
la palabra de seguirte empeño, tus dulces silbos y tus pies hermosos.
Oye,
pastor, pues por amores mueres, no te espante el rigor de mis pecados, pues
tan amigo de rendidos eres.
Espera, pues, y escucha mis cuidados, pero
¿cómo te digo que me esperes, si estás para esperar los pies
clavados?
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