I
Cuando
me paro a contemplar mi estado, y a ver los pasos por donde he venido, me
espanto de que un hombre tan perdido a conocer su error haya llegado.
Cuando
miro los años que he pasado, la divina razón puesta en olvido, conozco
que piedad del cielo ha sido no haberme en tanto mal precipitado.
Entré
por laberinto tan extraño, fiando al débil hilo de la vida el
tarde conocido desengaño;
mas de tu luz mi escuridad vencida, el
monstro muerto de mi ciego engaño, vuelve a la patria, la razón
perdida.
XV
¡Cuántas
veces, Señor, me habéis llamado, y cuántas con vergüenza he
respondido, desnudo como Adán, aunque vestido de las hojas
del árbol del pecado!
Seguí mil veces vuestro pie sagrado, fácil
de asir, en una cruz asido, y atrás volví otras tantas, atrevido, al
mismo precio en que me habéis comprado.
Besos de paz os di para
ofenderos, pero si fugitivos de su dueño hierran cuando los
hallan los esclavos,
hoy que vuelvo con lágrimas a veros, clavadme
vos a vos en vuestro leño, y tendréisme seguro con tres clavos.
174
Daba
sustento a un pajarillo un día Lucinda, y por los hierros del portillo fuésele
de la jaula el pajarillo al libre viento en que vivir solía.
Con
un suspiro a la ocasión tardía tendió la mano, y no pudiendo asillo, dijo
(y de las mejillas amarillo volvió el clavel que entre su nieve ardía):
¿Adónde
vas por despreciar el nido, al peligro de ligas y de balas, y
el dueño huyes que tu pico adora?».
Oyóla el pajarillo
enternecido, y a la antigua prisión volvió las alas, que
tanto puede una mujer que llora.
DIOS,
CENTRO DEL ALMA
Si fuera de mi amor verdad el fuego, él
caminara a tu divina esfera; pero es cometa que corrió ligera con
resplandor que se deshizo luego.
¡Qué deseoso de tus brazos llego cuando
el temor mis culpas considera! mas si mi amor en ti no persevera, ¿en
qué centro mortal tendrá sosiego?
Voy a buscarte, y cuanto más
te encuentro, menos reparo en ti, Cordero manso, aunque me
buscas tú del alma adentro.
Pero dime, Señor: si hallar descanso no
puede el alma fuera de su centro, y estoy fuera de ti, ¿cómo
descanso?
SOLILOQUIO I
Dulce
Jesús de mi vida, ¡qué dije!, espera, no os vais: que no es
bien que vos seáis de una vida tan perdida.
Pero si no
sois de mí, yo, mi Jesús, soy de vos, porque quiero hallar
en Dios esto que sin Dios perdí.
Mas ya vuelvo a
suplicaros que de mi vida seáis: que si vos no me la dais, no
tendré vida que daros.
Deseo daros mi vida, y sin vos no
es daros nada, porque con vos va ganada, cuanto sin vos va
perdida.
Muérome de puro amor por llamaros vida mía: que
la que sin vos perdía, ya no la tengo, Señor.
Pues
vuestra piedad me adiestra como a oveja reducida, quiero
llamaros mi vida, aunque he sido muerte vuestra.
Vida mía,
en este día me habréis de hacer un favor; ¡oh, qué bien me
va, Señor, con llamaros vida mía!
Luego que vida os llamé, a
pediros me atreví, porque el regalo sentí que en vuestro
brazos hallé.
Y es que jamás permitáis que otra vida
sin vos tenga: que no es bien que a vivir venga vida donde vos
no estáis.
¡Ay Jesús! ¿Cómo viví sólo un momento
sin vos? Porque si la vida es Dios, ¿qué vida quedaba en mí?
¡Qué
cosas tuve por vida tan miserables y tristes! ¿Es posible que
pudistes sufrir cosa tan perdida?
Pero sospecho, mi Dios, que
fue permitirlo así, para que viesen en mí qué sufrimiento
hay en vos.
Pero no lo habéis perdido, ¡oh soberana
piedad!, pues conozco mi maldad por lo que me habéis sufrido.
Porque
sé de aquel vivir, como si Dios no tuviera: que quien menos
que Dios fuera no me pudiera sufrir.
¡Qué de veces os
negué por confesar mi locura a la fingida hermosura, donde
no hay verdad ni fe!
Si la vuestra en la cruz viera, ¡ay
Dios y cuánto os amara! ¡Qué de lágrimas llorara, qué de
amores os dijera!
No sé, mi bien, qué os tenéis, que
todo me enamoráis, o es que, como abierto estáis, mostráis
lo que me queréis.
Amenazado de vos, parece que no os temí, y
lleno de sangre sí; decid, ¿qué es esto, mi Dios?
¡Oh
qué divinos colores os hace esa sangre fría! ¡Oh cómo estáis,
vida mía, para deciros amores!
LXXXV
Dulce
Señor, mis vanos pensamientos fundados en el viento me acometen, pero
por más que mi quietud inquieten no podrán derribar tus fundamentos.
No
porque de mi parte mis intentos seguridad alguna me prometen para
que mi flaqueza no sujeten, ligera más que los mudables vientos.
Mas
porque si a mi voz, Señor, se inclina tu defensa y piedad, ¿qué
humana guerra contra lo que Tú amparas será fuerte?
Ponme
a la sombra de tu cruz divina, y vengan contra mí fuego, aire, tierra, mar,
yerro, engaño, envidia, infierno y muerte.
III
Entro
en mí mismo para verme, y dentro hallo, ¡ay de mí!, con la razón
postrada, una loca república alterada, tanto que apenas los
umbrales entro.
Al apetito sensitivo encuentro, de quien
la voluntad mal respetada se queja al cielo, y de su fuerza armada conduce
el alma al verdadero centro.
La virtud, como el arte, hallarse
suele cerca de lo difícil, y así pienso que el cuerpo en el
castigo se desvele.
Muera el ardor del apetito intenso, porque
la voluntad al centro vuele, capaz potencia de su bien inmenso.
191
Es
la mujer del hombre lo más bueno, y locura decir que lo más malo, su
vida suele ser y su regalo, su muerte suele ser y su veneno.
Cielo
a los ojos, cándido y sereno, que muchas veces al infierno igualo, por
raro al mundo su valor señalo, por falso al hombre su rigor condeno.
Ella
nos da su sangre, ella nos cría, no ha hecho el cielo cosa más
ingrata: es un ángel, y a veces una arpía.
Quiere,
aborrece, trata bien, maltrata, y es la mujer al fin como sangría, que
a veces da salud, y a veces mata.
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