Lope de Vega

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Cuando me paro a contemplar mi estado, 
y a ver los pasos por donde he venido, 
me espanto de que un hombre tan perdido 
a conocer su error haya llegado. 

Cuando miro los años que he pasado, 
la divina razón puesta en olvido, 
conozco que piedad del cielo ha sido 
no haberme en tanto mal precipitado. 

Entré por laberinto tan extraño, 
fiando al débil hilo de la vida 
el tarde conocido desengaño; 

mas de tu luz mi escuridad vencida, 
el monstro muerto de mi ciego engaño, 
vuelve a la patria, la razón perdida.









XV 

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado, 
y cuántas con vergüenza he respondido, 
desnudo como Adán, aunque vestido 
de las hojas del árbol del pecado! 

Seguí mil veces vuestro pie sagrado, 
fácil de asir, en una cruz asido, 
y atrás volví otras tantas, atrevido, 
al mismo precio en que me habéis comprado. 

Besos de paz os di para ofenderos, 
pero si fugitivos de su dueño 
hierran cuando los hallan los esclavos, 

hoy que vuelvo con lágrimas a veros, 
clavadme vos a vos en vuestro leño, 
y tendréisme seguro con tres clavos.









174 

Daba sustento a un pajarillo un día 
Lucinda, y por los hierros del portillo 
fuésele de la jaula el pajarillo 
al libre viento en que vivir solía. 

Con un suspiro a la ocasión tardía 
tendió la mano, y no pudiendo asillo, 
dijo (y de las mejillas amarillo 
volvió el clavel que entre su nieve ardía): 

¿Adónde vas por despreciar el nido, 
al peligro de ligas y de balas, 
y el dueño huyes que tu pico adora?». 

Oyóla el pajarillo enternecido, 
y a la antigua prisión volvió las alas, 
que tanto puede una mujer que llora.









DIOS, CENTRO DEL ALMA 

Si fuera de mi amor verdad el fuego, 
él caminara a tu divina esfera; 
pero es cometa que corrió ligera 
con resplandor que se deshizo luego. 

¡Qué deseoso de tus brazos llego 
cuando el temor mis culpas considera! 
mas si mi amor en ti no persevera, 
¿en qué centro mortal tendrá sosiego? 

Voy a buscarte, y cuanto más te encuentro, 
menos reparo en ti, Cordero manso, 
aunque me buscas tú del alma adentro. 

Pero dime, Señor: si hallar descanso 
no puede el alma fuera de su centro, 
y estoy fuera de ti, ¿cómo descanso?










SOLILOQUIO I 

Dulce Jesús de mi vida, 
¡qué dije!, espera, no os vais: 
que no es bien que vos seáis 
de una vida tan perdida. 

Pero si no sois de mí, 
yo, mi Jesús, soy de vos, 
porque quiero hallar en Dios 
esto que sin Dios perdí. 

Mas ya vuelvo a suplicaros 
que de mi vida seáis: 
que si vos no me la dais, 
no tendré vida que daros. 

Deseo daros mi vida, 
y sin vos no es daros nada, 
porque con vos va ganada, 
cuanto sin vos va perdida. 

Muérome de puro amor 
por llamaros vida mía: 
que la que sin vos perdía, 
ya no la tengo, Señor. 

Pues vuestra piedad me adiestra 
como a oveja reducida, 
quiero llamaros mi vida, 
aunque he sido muerte vuestra. 

Vida mía, en este día 
me habréis de hacer un favor; 
¡oh, qué bien me va, Señor, 
con llamaros vida mía! 

Luego que vida os llamé, 
a pediros me atreví, 
porque el regalo sentí 
que en vuestro brazos hallé. 

Y es que jamás permitáis 
que otra vida sin vos tenga: 
que no es bien que a vivir venga 
vida donde vos no estáis. 

¡Ay Jesús! ¿Cómo viví 
sólo un momento sin vos? 
Porque si la vida es Dios, 
¿qué vida quedaba en mí? 

¡Qué cosas tuve por vida 
tan miserables y tristes! 
¿Es posible que pudistes 
sufrir cosa tan perdida? 

Pero sospecho, mi Dios, 
que fue permitirlo así, 
para que viesen en mí 
qué sufrimiento hay en vos. 

Pero no lo habéis perdido, 
¡oh soberana piedad!, 
pues conozco mi maldad 
por lo que me habéis sufrido. 

Porque sé de aquel vivir, 
como si Dios no tuviera: 
que quien menos que Dios fuera 
no me pudiera sufrir. 

¡Qué de veces os negué 
por confesar mi locura 
a la fingida hermosura, 
donde no hay verdad ni fe! 

Si la vuestra en la cruz viera, 
¡ay Dios y cuánto os amara! 
¡Qué de lágrimas llorara, 
qué de amores os dijera! 

No sé, mi bien, qué os tenéis, 
que todo me enamoráis, 
o es que, como abierto estáis, 
mostráis lo que me queréis. 

Amenazado de vos, 
parece que no os temí, 
y lleno de sangre sí; 
decid, ¿qué es esto, mi Dios? 

¡Oh qué divinos colores 
os hace esa sangre fría! 
¡Oh cómo estáis, vida mía, 
para deciros amores!









LXXXV 

Dulce Señor, mis vanos pensamientos 
fundados en el viento me acometen, 
pero por más que mi quietud inquieten 
no podrán derribar tus fundamentos. 

No porque de mi parte mis intentos 
seguridad alguna me prometen 
para que mi flaqueza no sujeten, 
ligera más que los mudables vientos. 

Mas porque si a mi voz, Señor, se inclina 
tu defensa y piedad, ¿qué humana guerra 
contra lo que Tú amparas será fuerte? 

Ponme a la sombra de tu cruz divina, 
y vengan contra mí fuego, aire, tierra, 
mar, yerro, engaño, envidia, infierno y muerte.









III 

Entro en mí mismo para verme, y dentro 
hallo, ¡ay de mí!, con la razón postrada, 
una loca república alterada, 
tanto que apenas los umbrales entro. 

Al apetito sensitivo encuentro, 
de quien la voluntad mal respetada 
se queja al cielo, y de su fuerza armada 
conduce el alma al verdadero centro. 

La virtud, como el arte, hallarse suele 
cerca de lo difícil, y así pienso 
que el cuerpo en el castigo se desvele. 

Muera el ardor del apetito intenso, 
porque la voluntad al centro vuele, 
capaz potencia de su bien inmenso.









191 

Es la mujer del hombre lo más bueno, 
y locura decir que lo más malo, 
su vida suele ser y su regalo, 
su muerte suele ser y su veneno. 

Cielo a los ojos, cándido y sereno, 
que muchas veces al infierno igualo, 
por raro al mundo su valor señalo, 
por falso al hombre su rigor condeno. 

Ella nos da su sangre, ella nos cría, 
no ha hecho el cielo cosa más ingrata: 
es un ángel, y a veces una arpía. 

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata, 
y es la mujer al fin como sangría, 
que a veces da salud, y a veces mata.


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