Lope de Vega

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A LA SANTÍSIMA MADALENA 

LXVIII
 

Buscaba Madalena pecadora 
un hombre, y Dios halló sus pies, y en ellos 
perdón, que más la fe que los cabellos 
ata sus pies, sus ojos enamora. 

De su muerte a su vida se mejora, 
efecto en Cristo de sus ojos bellos, 
sigue su luz, y al occidente dellos 
canta en los cielos y en peñascos llora. 

«Si amabas, dijo Cristo, soy tan blando 
que con amor a quien amó conquisto, 
si amabas, Madalena, vive amando». 

Discreta amante, que el peligro visto 
súbitamente trasladó llorando 
los amores del mundo a los [de] Cristo.









101 

Cayó la torre que en el viento hacían 
mis altos pensamientos castigados, 
que yacen por el suelo derribados 
cuando con sus extremos competían. 

Atrevidos al sol llegar querían, 
y morir en sus rayos abrasados, 
de cuya luz contentos y engañados, 
como la ciega mariposa ardían. 

¡Oh, siempre aborrecido desengaño, 
amado al procurarte, odioso al verte, 
que en lugar de sanar abres la herida! 

¡Plugiera a Dios duraras, dulce engaño, 
que si ha de dar un desengaño muerte, 
mejor es un engaño que da vida!









37 

Céfiro blando que mis quejas tristes 
tantas veces llevaste, claras fuentes 
que con mis tiernas lágrimas ardientes 
vuestro dulce licor ponzoña hicistes; 

selvas que mis querellas esparcistes, 
ásperos montes a mi mal presentes, 
ríos que de mis ojos siempre ausentes, 
veneno al mar, como a tirano distes; 

pues la aspereza de rigor tan fiero 
no me permite voz articulada, 
decid a mi desdén que por él muero. 

Que si la viere el mundo transformada 
en el laurel que por dureza espero, 
della veréis mi frente coronada.









FUERZA DE LÁGRIMAS 

Con ánimo de hablarle en confianza 
de su piedad entré en el templo un día, 
donde Cristo en la cruz resplandecía 
con el perdón de quien le mira alcanza. 

Y aunque la fe, el amor y la esperanza 
a la lengua pusieron osadía, 
acordéme que fue por culpa mía 
y quisiera de mí tomar venganza. 

Ya me volvía sin decirle nada 
y como vi la llaga del costado, 
paróse el alma en lágrimas bañada. 

Hablé, lloré y entré por aquel lado, 
porque no tiene Dios puerta cerrada 
al corazón contrito y humillado.










68 

Con nuevos lazos, como el mismo Apolo, 
hallé en cabello a mi Lucinda un día, 
tan hermosa, que al cielo parecía 
en la risa del alba, abriendo el polo. 

Vino un aire sutil, y desatólo 
con blando golpe por la frente mía, 
y dije a amor que para qué tejía 
mil cuerdas juntas para un arco solo. 

Pero él responde: «Fugitivo mío, 
que burlaste mis brazos, hoy aguardo 
de nuevo echar prisión a tu albedrío». 

Yo triste, que por ella muero y ardo, 
la red quise romper, ¡qué desvarío!, 
pues más me enredo mientras más me guardo.










¡Cuán bienaventurado 
aquel puede llamarse justamente, 
que sin tener cuidado 
de la malicia y lengua de la gente, 
a la virtud contraria, 
la suya pasa en vida solitaria! 

¡Dichoso el que no mira 
del altivo señor las altas casas, 
ni de mirar se admira 
fuertes colunas oprimiendo basas, 
en las soberbias puertas, 
a la lisonja eternamente abiertas! 

Los altos frontispicios, 
con el noble blasón de sus pasados, 
los bélicos oficios, 
de timbres y banderas coronados, 
desprecia y tiene en menos 
que en el campo los olmos, de hojas llenos. 

Ni sufre al confiado 
en quien puede morir, y que al fin muere, 
ni humilde al levantado 
con vanas sumisiones le prefiere, 
sin ver que no hay coluna 
segura en las mudanzas de fortuna. 

Ni va sin luz delante 
del señor poderoso, que atropella 
sus fuerzas arrogante, 
pues es mejor de noche ser estrella, 
que por la compañía 
del sol dorado no lucir de día. 

¡Dichoso el que apartado 
de aquellos que se tienen por discretos, 
no habla desvelado 
en sutiles sentencias y concetos, 
ni inventa voces nuevas, 
más de ambición que del ingenio pruebas! 

Ni escucha al malicioso 
que todo cuanto ve le desagrada, 
ni al crítico en enfadoso 
teme la esquiva condición, fundada 
en la calumnia sola, 
fuego activo del oro que acrisola. 

Ni aquellos arrogantes 
por el verde laurel de alguna ciencia, 
que llaman ignorantes 
los que tienen por sabios la experiencia, 
porque la ciencia en suma 
no sale del laurel, mas de la pluma. 

No da el saber el grado 
sino el ingenio natural del arte 
y estudio acompañado, 
que el hábito y los cursos no son parte, 
ni aquella ilustre rama, 
faltando lo esencial, para dar fama. 

¡Oh cuántos hay que viven 
a sus cortas esferas condenados! 
Hoy lo que ayer escriben, 
ingenios como espejos que quebrados 
muestran siempre de un modo 
lo mismo en cualquier parte que en todo. 

¡Dichoso pues mil veces 
el solo que en su campo, descuidado 
de vanas altiveces, 
cuanto rompiendo va con el arado 
baña con la corriente 
del agua que destila de su frente. 

El ave sacra a Marte 
le despierta del sueño perezoso, 
y el vestido sin arte 
traslada presto al cuerpo, temeroso 
de que la luz del día 
por las quiebras del techo entrar porfía. 

Revuelve la ceniza, 
sopla el humoso pino mal quemado; 
el animal se eriza 
que estaba entre las pajas acostado, 
ya a la tiniebla huye 
y lo que hurtó a la luz le restituye. 

El pobre almuerzo aliña, 
come y da de comer a los dos bueyes, 
y en el barbecho o viña, 
sin envidiar los patios de los reyes, 
ufano se pasea 
a vista de las casas de su aldea. 

Y son tan derribadas, 
que aun no llega el soldado a su aposento, 
ni sus armas colgadas 
de sus paredes vio, ni el corpulento 
caballo estar atado 
al humilde pesebre del ganado. 

Caliéntase el enero, 
alrededor de sus hijuelos todos, 
a un roble, ardiendo entero, 
y allí contando de diversos modos, 
de la estranjera guerra 
duerme seguro, y goza de su tierra. 

Ni deuda en plazo breve, 
ni nave por la mar su paz impide, 
ni a la fama se atreve, 
con el reloj del sol sus horas mide, 
y la incierta postrera, 
ni la teme cobarde, ni la espera.









TEMORES EN EL FAVOR 

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro, 
y la cándida víctima levanto, 
de mi atrevida indignidad me espanto 
y la piedad de vuestro pecho admiro. 

Tal vez el alma con temor retiro, 
tal vez la doy al amoroso llanto, 
que arrepentido de ofenderos tanto 
con ansias temo, y con dolor suspiro. 

Volved los ojos a mirarme humanos, 
que por las sendas de mi error siniestras 
me despeñaron pensamientos vanos; 

no sean tantas las miserias nuestras 
que a quien os tuvo en sus indignas manos 
vos le dejéis de las divinas vuestras.


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