I A
CRISTO EN LA CRUZ
¿Quién es aquel Caballero herido
por tantas partes, que está de expirar tan cerca, y no le
socorre nadie?
«Jesús Nazareno» dice aquel rétulo
notable. ¡Ay Dios, que tan dulce nombre no promete muerte
infame!
Después del nombre y la patria, Rey dice más
adelante, pues si es rey, ¿cuándo de espinas han usado
coronarse?
Dos cetros tiene en las manos, mas nunca he
visto que claven a los reyes en los cetros los vasallos
desleales.
Unos dicen que si es Rey, de la cruz descienda
y baje; y otros, que salvando a muchos, a sí no puede
salvarse.
De luto se cubre el cielo, y el sol de
sangriento esmalte, o padece Dios, o el mundo se disuelve y se
deshace.
Al pie de la cruz, María está en dolor
constante, mirando al Sol que se pone entre arreboles de
sangre.
Con ella su amado primo haciendo sus ojos mares, Cristo
los pone en los dos, más tierno porque se parte.
¡Oh lo
que sienten los tres! Juan, como primo y amante, como madre la
de Dios, y lo que Dios, Dios lo sabe.
Alma, mirad cómo
Cristo, para partirse a su Padre, viendo que a su Madre deja, le
dice palabras tales:
Mujer, ves ahí a tu hijo y a Juan:
Ves ahí tu Madre. Juan queda en lugar de Cristo, ¡ay Dios,
qué favor tan grande!
Viendo, pues, Jesús que todo ya
comenzaba a acabarse, Sed tengo, dijo, que tiene sed de que el
hombre se salve.
Corrió un hombre y puso luego a sus
labios celestiales en una caña una esponja llena de hiel y
vinagre.
¿En la boca de Jesús pones hiel?, hombre, ¿qué
haces? Mira que por ese cielo de Dios las palabras salen.
Advierte
que en ella puso con sus pechos virginales una ave su blanca
leche a cuya dulzura sabe.
Alma, sus labios divinos, cuando
vamos a rogarle, ¿cómo con vinagre y hiel darán respuesta süave?
Llegad
a la Virgen bella, y decirle con el ángel: «Ave, quitad su
amargura, pues que de gracia sois Ave».
Sepa al vientre
el fruto santo, y a la dulce palma el dátil; si tiene el alma
a la puerta no tengan hiel los umbrales.
Y si dais leche a
Bernardo, porque de madre os alabe, mejor Jesús la merece, pues
Madre de Dios os hace.
Dulcísimo Cristo mío, aunque esos
labios se bañen en hiel de mis graves culpas, Dios sois, como
Dios habladme.
Habladme, dulce Jesús, antes que la lengua
os falte, no os desciendan de la cruz sin hablarme y
perdonarme.
A LA
MUERTE DE CRISTO NUESTRO SEÑOR
La tarde se escurecía entre
la una y las dos, que viendo que el Sol se muere, se vistió
de luto el sol.
Tinieblas cubren los aires, las piedras de
dos en dos se rompen unas con otras, y el pecho del hombre no.
Los
ángeles de paz lloran con tan amargo dolor, que los cielos y
la tierra conocen que muere Dios.
Cuando está Cristo en
la cruz diciendo al Padre, Señor, ¿por qué me bas
desamparado? ¡ay Dios, qué tierna razón!,
¿qué sentiría
su Madre, cuando tal palabra oyó, viendo que su Hijo dice que
Dios le desamparó?
No lloréis Virgen piadosa, que aunque
se va vuestro Amor, antes que pasen tres días volverá a
verse con vos.
¿Pero cómo las entrañas, que nueve meses
vivió, verán que corta la muerte fruto de tal bendición?
«¡Ay
Hijo!, la Virgen dice, ¿qué madre vio como yo tantas espadas
sangrientas traspasar su corazón?
¿Dónde está vuestra
hermosura? ¿quién los ojos eclipsó, donde se miraba el
Cielo como de su mismo Autor?
Partamos, dulce Jesús, el
cáliz desta pasión, que Vos le bebéis de sangre, y yo de
pena y dolor.
¿De qué me sirvió guardaros de aquel Rey
que os persiguió, si al fin os quitan la vida vuestros
enemigos hoy?»
Esto diciendo la Virgen Cristo el espíritu
dio; alma, si no eres de piedra llora, pues la culpa soy.
AL
PONERLE EN LA CRUZ
En tanto que el hoyo cavan a
donde la cruz asienten, en que el Cordero levanten figurado
por la sierpe,
aquella ropa inconsútil que de Nazareth
ausente labró la hermosa María después de su parto alegre,
de
sus delicadas carnes quitan con manos aleves los camareros que
tuvo Cristo al tiempo de su muerte.
No bajan a desnudarle los
espíritus celestes, sino soldados que luego sobre su ropa
echan suertes.
Quitáronle la corona, y abriéronse tantas
fuentes, que todo el cuerpo divino cubre la sangre que
vierten.
Al despegarle la ropa las heridas reverdecen, pedazos
de carne y sangre salieron entre los pliegues.
Alma pegada
en tus vicios, si no puedes, o no quieres despegarte tus
costumbres, piensa en esta ropa, y puede.
A la sangrienta
cabeza la dura corona vuelven, que para mayor dolor le
coronaron dos veces.
Asió la soga un soldado, tirando a
Cristo, de suerte que donde va por su gusto quiere que por
fuerza llegue.
Dio Cristo en la cruz de ojos, arrojado de
la gente, que primero que la abrace, quieren también que la
bese.
¡Qué cama os está esperando, mi Jesús, bien de
mis bienes, para que el cuerpo cansado siquiera a morir se
acueste!
¡Oh, qué almohada de rosas las espinas os
prometen!; ¡qué corredores dorados los duros clavos crueles!
Dormid
en ella, mi amor, para que el hombre despierte, aunque más
dura se os haga que en Belén entre la nieve.
Que en fin
aquella tendría abrigo de las paredes, las tocas de vuestra
Madre, y el heno de aquellos bueyes.
¡Qué vergüenza le
daría al Cordero santo el verse, siendo tan honesto y casto, desnudo
entre tanta gente!
¡Ay divina Madre suya!, si agora llegáis
a verle en tan miserable estado, ¿quién ha de haber que os
consuele?
Mirad, Reina de los cielos, si el mismo Señor
es éste, cuyas carnes parecían de azucenas y claveles.
Mas,
¡ay Madre de piedad!, que sobre la cruz le tienden, para
tomar la medida por donde los clavos entren.
¡Oh terrible
desatino!, medir al inmenso quieren, pero bien cabrá en la
cruz el que cupo en el pesebre.
Ya Jesús está de
espaldas, y tantas penas padece, que con ser la cruz tan dura, ya
por descanso la tiene.
Alma de pórfido y mármol, mientras
en tus vicios duermes, dura cama tiene Cristo, no te despierte
la muerte.
A LA NOCHE
137
Noche
fabricadora de embelecos, loca, imaginativa, quimerista, que
muestras al que en ti su bien conquista, los montes llanos y los mares
secos;
habitadora de celebros huecos, mecánica, filósofa,
alquimista, encubridora vil, lince sin vista, espantadiza de
tus mismos ecos;
la sombra, el miedo, el mal se te atribuya, solícita,
poeta, enferma, fría, manos del bravo y pies del fugitivo.
Que
vele o duerma, media vida es tuya; si velo, te lo pago con el día, y
si duermo, no siento lo que vivo.
A
UNA ROSA
XXXVII
¡Con qué artificio tan divino
sales de esa camisa de esmeralda fina, oh rosa celestial
alejandrina, coronada de granos orientales!
Ya en rubíes
te enciendes, ya en corales, ya tu color a púrpura se inclina sentada
en esa basa peregrina que forman cinco puntas desiguales.
Bien
haya tu divino autor, pues mueves a su contemplación el pensamiento, a
aun a pensar en nuestros años breves.
Así la verde edad se
esparce al viento, y así las esperanzas son aleves que tienen
en la tierra el fundamento...
DE
ANDRÓMEDA
86
Atada al
mar Andrómeda lloraba, los nácares abriéndose al rocío, que
en sus conchas cuajado en cristal frío, en cándidos aljófares
trocaba.
Besaba el pie, las peñas ablandaba humilde el
mar, como pequeño río, volviendo el sol la primavera estío, parado
en su cénit la contemplaba.
Los cabellos al viento bullicioso, que
la cubra con ellos le rogaban, ya que testigo fue de iguales dichas,
y
celosas de ver su cuerpo hermoso, las nereidas su fin solicitaban, que
aún hay quien tenga envidia en las desdichas.
«-¡Ay,
amargas soledades de mi bellísima Filis, destierro bien
empleado del agravio que la hice!
Envejézcanse mis años en
estos montes que vistes, que quien sufre como piedra es bien
que en piedras habite.
¡Ay horas tristes, cuán diferente
estoy del que me vistes!
¡Con cuánta razón os lloro, pensamientos
juveniles que al principio de mis años cerca del fin me
trujistes!
Retrato de mala mano, mudable tiempo me heciste sin
nombre no me conocen aunque despacio me miren.
¡Ay horas
tristes, cuán diferente estoy del que me vistes!
Letra
ha sido sospechosa, que clara y escura sirve, que por no
borrarla toda, encima se sobre escribe.
Pienso a veces que
soy otro hasta que el dolor me dice que quien le sufre tan
grande ser otro fuera imposible—».
¡Ay horas tristes, cuán
diferente estoy del que me vistes!
155
Belleza
singular, ingenio raro, fuera del natural curso del cielo, Etna
de amor, que de tu mismo hielo despides llamas entre mármol paro;
sol
de hermosura, entendimiento claro, alma dichosa en cristalino velo, norte
del mar, admiración del suelo, emula el sol como a la luna el faro.
Milagro
del Autor de cielo y tierra, bien de naturaleza el más perfeto, Lucinda
hermosa en quien mi luz se encierra;
nieve en blancura y fuego en
el efeto, paz de los ojos y del alma guerra; dame a escribir
como a penar sujeto.
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