Lope de Vega

Lope de Vega Paginas: 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 |

I
A CRISTO EN LA CRUZ 


¿Quién es aquel Caballero 
herido por tantas partes, 
que está de expirar tan cerca, 
y no le socorre nadie? 

«Jesús Nazareno» dice 
aquel rétulo notable. 
¡Ay Dios, que tan dulce nombre 
no promete muerte infame! 

Después del nombre y la patria, 
Rey dice más adelante, 
pues si es rey, ¿cuándo de espinas 
han usado coronarse? 

Dos cetros tiene en las manos, 
mas nunca he visto que claven 
a los reyes en los cetros 
los vasallos desleales. 

Unos dicen que si es Rey, 
de la cruz descienda y baje; 
y otros, que salvando a muchos, 
a sí no puede salvarse. 

De luto se cubre el cielo, 
y el sol de sangriento esmalte, 
o padece Dios, o el mundo 
se disuelve y se deshace. 

Al pie de la cruz, María 
está en dolor constante, 
mirando al Sol que se pone 
entre arreboles de sangre. 

Con ella su amado primo 
haciendo sus ojos mares, 
Cristo los pone en los dos, 
más tierno porque se parte. 

¡Oh lo que sienten los tres! 
Juan, como primo y amante, 
como madre la de Dios, 
y lo que Dios, Dios lo sabe. 

Alma, mirad cómo Cristo, 
para partirse a su Padre, 
viendo que a su Madre deja, 
le dice palabras tales: 

Mujer, ves ahí a tu hijo 
y a Juan: Ves ahí tu Madre. 
Juan queda en lugar de Cristo, 
¡ay Dios, qué favor tan grande! 

Viendo, pues, Jesús que todo 
ya comenzaba a acabarse, 
Sed tengo, dijo, que tiene 
sed de que el hombre se salve. 

Corrió un hombre y puso luego 
a sus labios celestiales 
en una caña una esponja 
llena de hiel y vinagre. 

¿En la boca de Jesús 
pones hiel?, hombre, ¿qué haces? 
Mira que por ese cielo 
de Dios las palabras salen. 

Advierte que en ella puso 
con sus pechos virginales 
una ave su blanca leche 
a cuya dulzura sabe. 

Alma, sus labios divinos, 
cuando vamos a rogarle, 
¿cómo con vinagre y hiel 
darán respuesta süave? 

Llegad a la Virgen bella, 
y decirle con el ángel: 
«Ave, quitad su amargura, 
pues que de gracia sois Ave». 

Sepa al vientre el fruto santo, 
y a la dulce palma el dátil; 
si tiene el alma a la puerta 
no tengan hiel los umbrales. 

Y si dais leche a Bernardo, 
porque de madre os alabe, 
mejor Jesús la merece, 
pues Madre de Dios os hace. 

Dulcísimo Cristo mío, 
aunque esos labios se bañen 
en hiel de mis graves culpas, 
Dios sois, como Dios habladme. 

Habladme, dulce Jesús, 
antes que la lengua os falte, 
no os desciendan de la cruz 
sin hablarme y perdonarme.










A LA MUERTE DE CRISTO NUESTRO SEÑOR 

La tarde se escurecía 
entre la una y las dos, 
que viendo que el Sol se muere, 
se vistió de luto el sol. 

Tinieblas cubren los aires, 
las piedras de dos en dos 
se rompen unas con otras, 
y el pecho del hombre no. 

Los ángeles de paz lloran 
con tan amargo dolor, 
que los cielos y la tierra 
conocen que muere Dios. 

Cuando está Cristo en la cruz 
diciendo al Padre, Señor, 
¿por qué me bas desamparado? 
¡ay Dios, qué tierna razón!, 

¿qué sentiría su Madre, 
cuando tal palabra oyó, 
viendo que su Hijo dice 
que Dios le desamparó? 

No lloréis Virgen piadosa, 
que aunque se va vuestro Amor, 
antes que pasen tres días 
volverá a verse con vos. 

¿Pero cómo las entrañas, 
que nueve meses vivió, 
verán que corta la muerte 
fruto de tal bendición? 

«¡Ay Hijo!, la Virgen dice, 
¿qué madre vio como yo 
tantas espadas sangrientas 
traspasar su corazón? 

¿Dónde está vuestra hermosura? 
¿quién los ojos eclipsó, 
donde se miraba el Cielo 
como de su mismo Autor? 

Partamos, dulce Jesús, 
el cáliz desta pasión, 
que Vos le bebéis de sangre, 
y yo de pena y dolor. 

¿De qué me sirvió guardaros 
de aquel Rey que os persiguió, 
si al fin os quitan la vida 
vuestros enemigos hoy?» 

Esto diciendo la Virgen 
Cristo el espíritu dio; 
alma, si no eres de piedra 
llora, pues la culpa soy.









AL PONERLE EN LA CRUZ 

En tanto que el hoyo cavan 
a donde la cruz asienten, 
en que el Cordero levanten 
figurado por la sierpe, 

aquella ropa inconsútil 
que de Nazareth ausente 
labró la hermosa María 
después de su parto alegre, 

de sus delicadas carnes 
quitan con manos aleves 
los camareros que tuvo 
Cristo al tiempo de su muerte. 

No bajan a desnudarle 
los espíritus celestes, 
sino soldados que luego 
sobre su ropa echan suertes. 

Quitáronle la corona, 
y abriéronse tantas fuentes, 
que todo el cuerpo divino 
cubre la sangre que vierten. 

Al despegarle la ropa 
las heridas reverdecen, 
pedazos de carne y sangre 
salieron entre los pliegues. 

Alma pegada en tus vicios, 
si no puedes, o no quieres 
despegarte tus costumbres, 
piensa en esta ropa, y puede. 

A la sangrienta cabeza 
la dura corona vuelven, 
que para mayor dolor 
le coronaron dos veces. 

Asió la soga un soldado, 
tirando a Cristo, de suerte 
que donde va por su gusto 
quiere que por fuerza llegue. 

Dio Cristo en la cruz de ojos, 
arrojado de la gente, 
que primero que la abrace, 
quieren también que la bese. 

¡Qué cama os está esperando, 
mi Jesús, bien de mis bienes, 
para que el cuerpo cansado 
siquiera a morir se acueste! 

¡Oh, qué almohada de rosas 
las espinas os prometen!; 
¡qué corredores dorados 
los duros clavos crueles! 

Dormid en ella, mi amor, 
para que el hombre despierte, 
aunque más dura se os haga 
que en Belén entre la nieve. 

Que en fin aquella tendría 
abrigo de las paredes, 
las tocas de vuestra Madre, 
y el heno de aquellos bueyes. 

¡Qué vergüenza le daría 
al Cordero santo el verse, 
siendo tan honesto y casto, 
desnudo entre tanta gente! 

¡Ay divina Madre suya!, 
si agora llegáis a verle 
en tan miserable estado, 
¿quién ha de haber que os consuele? 

Mirad, Reina de los cielos, 
si el mismo Señor es éste, 
cuyas carnes parecían 
de azucenas y claveles. 

Mas, ¡ay Madre de piedad!, 
que sobre la cruz le tienden, 
para tomar la medida 
por donde los clavos entren. 

¡Oh terrible desatino!, 
medir al inmenso quieren, 
pero bien cabrá en la cruz 
el que cupo en el pesebre. 

Ya Jesús está de espaldas, 
y tantas penas padece, 
que con ser la cruz tan dura, 
ya por descanso la tiene. 

Alma de pórfido y mármol, 
mientras en tus vicios duermes, 
dura cama tiene Cristo, 
no te despierte la muerte.










A LA NOCHE 

137 

Noche fabricadora de embelecos, 
loca, imaginativa, quimerista, 
que muestras al que en ti su bien conquista, 
los montes llanos y los mares secos; 

habitadora de celebros huecos, 
mecánica, filósofa, alquimista, 
encubridora vil, lince sin vista, 
espantadiza de tus mismos ecos; 

la sombra, el miedo, el mal se te atribuya, 
solícita, poeta, enferma, fría, 
manos del bravo y pies del fugitivo. 

Que vele o duerma, media vida es tuya; 
si velo, te lo pago con el día, 
y si duermo, no siento lo que vivo.









A UNA ROSA 

XXXVII 

¡Con qué artificio tan divino sales 
de esa camisa de esmeralda fina, 
oh rosa celestial alejandrina, 
coronada de granos orientales! 

Ya en rubíes te enciendes, ya en corales, 
ya tu color a púrpura se inclina 
sentada en esa basa peregrina 
que forman cinco puntas desiguales. 

Bien haya tu divino autor, pues mueves 
a su contemplación el pensamiento, 
a aun a pensar en nuestros años breves. 

Así la verde edad se esparce al viento, 
y así las esperanzas son aleves 
que tienen en la tierra el fundamento...









DE ANDRÓMEDA 

86 

Atada al mar Andrómeda lloraba, 
los nácares abriéndose al rocío, 
que en sus conchas cuajado en cristal frío, 
en cándidos aljófares trocaba. 

Besaba el pie, las peñas ablandaba 
humilde el mar, como pequeño río, 
volviendo el sol la primavera estío, 
parado en su cénit la contemplaba. 

Los cabellos al viento bullicioso, 
que la cubra con ellos le rogaban, 
ya que testigo fue de iguales dichas, 

y celosas de ver su cuerpo hermoso, 
las nereidas su fin solicitaban, 
que aún hay quien tenga envidia en las desdichas.










«-¡Ay, amargas soledades 
de mi bellísima Filis, 
destierro bien empleado 
del agravio que la hice! 

Envejézcanse mis años 
en estos montes que vistes, 
que quien sufre como piedra 
es bien que en piedras habite. 

¡Ay horas tristes, 
cuán diferente estoy 
del que me vistes! 

¡Con cuánta razón os lloro, 
pensamientos juveniles 
que al principio de mis años 
cerca del fin me trujistes! 

Retrato de mala mano, 
mudable tiempo me heciste 
sin nombre no me conocen 
aunque despacio me miren. 

¡Ay horas tristes, 
cuán diferente estoy 
del que me vistes! 

Letra ha sido sospechosa, 
que clara y escura sirve, 
que por no borrarla toda, 
encima se sobre escribe. 

Pienso a veces que soy otro 
hasta que el dolor me dice 
que quien le sufre tan grande 
ser otro fuera imposible—». 

¡Ay horas tristes, 
cuán diferente estoy 
del que me vistes!










155 

Belleza singular, ingenio raro, 
fuera del natural curso del cielo, 
Etna de amor, que de tu mismo hielo 
despides llamas entre mármol paro; 

sol de hermosura, entendimiento claro, 
alma dichosa en cristalino velo, 
norte del mar, admiración del suelo, 
emula el sol como a la luna el faro. 

Milagro del Autor de cielo y tierra, 
bien de naturaleza el más perfeto, 
Lucinda hermosa en quien mi luz se encierra; 

nieve en blancura y fuego en el efeto, 
paz de los ojos y del alma guerra; 
dame a escribir como a penar sujeto.


~*~ Instrucciones para enviar Poemas ~*~