Adolfo Bécquer
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Cartas Literarias a una Mujer
Tercera Carta ¿ Qué es el amor ? A pesar del tiempo transcurrido, creo que debes de acordarte de lo que te voy a referir. La fecha en que aconteció, aunque no la consigne la Historia, será siempre una fecha memorable para nosotros. Nuestro conocimiento sólo databa de algunos; era verano y nos hallábamos en Cádiz. El rigor de la estación no nos permitía pasear sino al amanecer o durante la noche. Un día..., digo mal, no era día aún, la dudosa claridad del crepúsculo de la mañana teñía de una vago el azul el cielo, la luna se desvanecía en el ocaso, envuelta en una bruma violada, y lejos, muy lejos en la distante lontananza del mar, las nubes se colocaban de amarillo y rojo cuando la brisa precursora de la luz, levantándose del Océano fresca e impregnada en el marino perfume de las olas acarició, el pasar, nuestras frentes. La naturaleza comenzaba entonces a salir de su letargo con un sordo murmullo. Todo a nuestro alrededor estaba en suspenso y como aguardando una señal misteriosa para prorrumpir en el gigante himno de alegría de la Creación que despierta. Nosotros, desde lo alto de la fortísima muralla que ciñe y defiende la ciudad, y a cuyos pies se rompen las olas con un gemido, contemplábamos con avidez el solemne espectáculo que se ofrecía a nuestros ojos. Los dos guardábamos un silencio profundo, y, no obstante, los pensábamos una misma cosa. Tú formulaste mi pensamiento al decirme. -¿Qué es el sol ? En aquel momento el astro, cuyo disco comenzaba chispear en el límite del horizonte, rompió el seno de los mares. Sus rayos se extendieron rapidísimos sobre su inmensa llanura; el cielo, las aguas y la tierra se inundaron de claridad, y todo resplandeció como si un océano de luz se hubiese volcado sobre el mundo. El las crestas de las olas, en los ribetes de las nubes, en los muros de la ciudad, en el vapor de la montaña, sobre nuestras cabezas, a nuestros pies, en todas partes ardía la pura lumbre del astro, y flotaba una atmósfera luminosa y transparente, en la que nadaban encendidos los átomos del aire. Tus palabras resonaban aún en mi oído.-¿ Qué es el sol ?- me habías preguntado.- Eso- respondí señalándote su disco que volteaba oscuro y franjado de fuego en mitad de aquella diáfana atmósfera de oro; y tú pupila y tú alma se llenaron de luz, en aquel instante solemne estoy seguro de que no te hubieras satisfecho. ¡Definiciones! Sobre nada se han dado tantas como sobre las cosas indefinibles. La razón es muy sencilla. Ninguna de ellas satisface, ninguna es exacta, por lo que cada cual se cree con derecho para formular la suya. ¿ Qué es el amor ? Con esta frase concluí mi carta de ayer, y con ella he comenzado la de hoy. Nada me sería más fácil que resolver, con el apoyo de una autoridad esta cuestión que yo mismo me propuse al decirte que es la fuente de sentimiento. Llenos están los libros de definiciones sobre este punto. Las hay en griego y en árabe, en chino y en latín, en copto y en ruso, ¿ qué soy yo ?, en toda las lenguas muertas o vivas, sabias o ignorantes que se conocen. Yo he leído algunas y me he hecho traducir otras. Después de conocerlas casi todas, he puesto la mano sobre mi corazón he consultado mis sentimientos y no he podido menos de repetir con Hamlet: ¡ palabras, palabras, palabras ! Por eso he creído más oportuno recordarte una escena pasada que tiene alguna analogía con nuestra situación presente, y decirte ahora como entonces: -¿ Quieres saber lo que es el amor ? Recógete dentro de ti misma, y si es verdad que lo abrigas en tu alma, siéntelo y lo comprenderás, pero no me lo preguntes. Yo sólo te podré decir que él es la suprema ley del Universo; ley misteriosa por la que todo se gobierna y rige, desde el átomo inanimado hasta la criatura racional; que de él parte y a él convergen como aún centro de irresistible atracción todas nuestras ideas y acciones; que está y aunque oculto, en el fondo de toda cosa, y, efecto de una primera causa, Dios, es a su vez origen de esos mil pensamientos desconocidos, que todos ellos son poesía, poesía verdadera y espontánea que la mujer no sabe formular, pero que siente y comprende mejor que nosotros. Sí. Que poesía es, y no otra cosa, esa aspiración melancólica y vaga que agita su espíritu con el deseo de una perfección imposible. Poesía esas lágrimas involuntarias que tiemblan un instante en tus párpados, se desprenden en silencio, y ruedan y se evaporan como un perfume. Poesía, el gozo imprevisto que ilumina tus facciones con una sonrisa suave, y cuyo oculta causa ignoras dónde está. Poesía son, por último, todos esos fenómenos inexplicables que modifican el alma de la mujer cuando despiertan el sentimiento y la pasión. ¡ Dulces palabras que brotáis del corazón, asomáis al labio y morís sin resonar apenas, mientras que el rigor enciende las mejillas! ¡ Murmullos extraños de la noche, que imitáis los pasos de la amante que espera ! ¡Gemidos del viento, que fingís una voz querida que nos llama entre las sombras! ¡Imágenes confusas, que sepáis cantando una canción sin ritmo ni palabras, que sólo percibe y entiende el espíritu! ¡Febriles exaltaciones de la pasión, que dais colores y forma a las ideas más abstracta! ¡ Presentimientos incomprensibles, que ilumináis como un relámpago nuestro porvenir! ¡Espacios sin límites, que os abrís ante los ojos del alma, ávida de inmensidad, y la arrastráis a vuestro seno, y la saciáis de infinito! ¡Sonrisas, lágrimas, suspiros y deseos, que formáis el misterioso cortejo del amor! ¡Vosotros sois la poesía, la verdadera poesía que puede encontrar un eco, producir una sensación, o despertar una idea! Y todo este tesoro inagotable de sentimiento, todo este animado poema de esperanzas y de abnegaciones, de sueños y de tristezas, de alegrías y de lágrimas, donde cada sensación es una estrofa y cada pasión un canto, todo está contenido en vuestro corazón de mujer. Un escritor francés ha dicho, juzgando a un músico ya célebre, el autor de Tannhauser: " Es un hombre de talento que hace todo lo posible por disimularlo; pero que a veces no lo puede conseguir, y su pesar lo demuestra". Respecto a la poesía de vuestras almas puede decirse lo mismo. Pero, ¡qué!, ¿ frunces el ceño y arrojas la carta...? ¡Bah!. No te incomodes... Sabe de una vez y para siempre que, tal como os manifestáis, yo creo, y conmigo lo creen todos, que las mujeres son la poesía del mundo. |
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Cuarta Carta
El amor es poesía; la religión es amor. Dos cosas semejantes a una tercera son iguales entre sí. He aquí el axioma que debía ahorrarme el trabajo de escribir una nueva carta. Sin embargo, yo mismo conozco que esta conclusión matemática, que en efecto lo parece, así puede ser una verdad como un sofisma. La lógica sabe fraguar razonamientos inatacables, que a pesar de todo no convencen. ¡Con tanta facilidad se sacan deducciones precisas de una base falsa! En cambio, la convicción íntima suele persuadir, aunque en el método de raciocinio reine el mayor desorden. ¡ Tan irresistible es el acento de la fe! La religión es amor, y, porque es amor, es poesía. He aquí el tema que me he propuesto desenvolver hoy. Al tratar un asunto tan grande en tan corto espacio y con tan escasa ciencia como la de que yo dispongo, sólo me anima una esperanza. Si para persuadir basta creer, yo siento lo que escribo. Ésta era la verdad de la situación de mi espíritu, cuando aconteció lo que voy a referirte. Estaba en Toledo; en Toledo, la ciudad sombría y melancólica por excelencia. Allí cada lugar recuerda una historia, cada piedra un siglo, cada monumento una civilización; historias, siglos y civilizaciones que han pasado, y cuyos actores tal vez son ahora el polvo oscuro que arrastra el viento en remolinos, al silbar en sus estrechas y tortuosas calles. Sin embargo, por un contraste maravilloso, allí donde todo parece muerto, donde no se ven más que ruinas, donde sólo se tropieza con rotas columnas y destrozados capiteles, mudos sarcasmos de la loca aspiración del hombre a perpetuarse, diríase que el alma, sobrecogida de terror y sedienta de inmortalidad, busca algo eterno donde refugiarse, y como el náufrago que se ase de una tabla se tranquiliza al recordar su origen. Un día entré en el antiguo convento de San Juan de los Reyes. Me senté en una de las piedras de su ruinoso claustro y me puse a dibujar. El cuadro que se ofrecía a mis ojos era magnífico. Largas hileras de pilares que sustentan una bóveda cruzada de mil y mil crestones caprichosos; anchas ojivas caladas, como los encajes de un rostrillo; ricos doseletes de granito con caireles de hiedra, que suben por entre las labores, como afrentando a las naturales; ligeras creaciones del cincel, que parece han de agitarse al soplo del viento; estatuas vestidas de luengos paños, que flotan al andar; caprichos fantásticos, nomos, hipogrifos, dragones y reptiles sin número, que ya asoman por cima de un capitel, ya corren por las cornisas, se enroscan en las columnas o trepan babeando por el tronco de las guirnaldas de trébol; galerías que se prolongan y que se pierden, árboles que inclinan sus ramas sobre una fuente, flores risueñas, pájaros bulliciosos formando contraste con las tristes ruinas y las calladas naves, y, por último, el cielo un pedazo de cielo azul que se ve más allá de las crestas de la pizarra de los miradores, a través de los calados de un rosetón. En tu álbum tienes mi dibujo; una reproducción pálida, imperfecta, ligerísima, de aquel lugar; pero que, no obstante, puede darte una idea de su melancólica hermosura. No ensayaré, pues, describiéndotela con palabras inútiles, tantas veces. Sentado, como te dije en una de las rotas piedras, trabajé en él toda la mañana, torné a emprender mi tarea a la tarde, y permanecí absorto en mi ocupación hasta que comenzó a faltar la luz. Entonces, dejando a mi lado el lápiz y la cartera, tendí una mirada por el fondo de las solitarias galerías y me abandoné a mis pensamientos. El sol había aparecido. Sólo turbaban el alto silencio de aquellas ruinas el monótono rumor del agua de aquella fuente, el trémulo murmullo del viento, que suspiraba en los claustros, y el temeroso y confuso rumor de las hojas de los árboles, que parecían hablar entre sí en voz baja. Mis deseos comenzaron a hervir y a una levantarse en vapor de fantasías. Buqué a mi lado a una mujer, a una persona a quien comunicar mis sensaciones. Estaba solo. Entonces me acordé de esta verdad, que había leído en no sé qué autor: " La soledad es muy hermosa... cuando se tiene junto a alguien a quien decírselo". No había aún concluido de repetir esta frase célebre, cuando me pareció ver levantarse a mi lado y entre las sombras una figura ideal, cubierta con una túnica flotante y ceñida la frente de una aureola. Era una de las estatuas del claustro de ruido, una escultura que, arrancada de un pedestal y arrimada al muro en que me había recostado, yacía allí cubierta de polvo y medio escondida entre el follaje, junto a la rota losa de un sepulcro y el capitel de una columna. Más allá, a lo lejos, y veladas por las penumbras y la oscuridad de las extensas bóvedas, se distinguían confusamente algunas otras imágenes; vírgenes con sus palmas y sus nimbos, monjes con sus báculos y sus capuchas, eremitas con sus libros y sus cruces, mártires con sus emblemas y sus aureolas, toda una generación de granito, silenciosa e inmóvil, pero en cuyos rostros había grabado el cincel la huella del ascetismo y una expresión de beatitud y serenidad inefables. -He aquí- exclamé - un mundo de piedra: fantasmas inanimados de otros seres que han existido y cuya memoria legó a las épocas venideras un siglo de entusiasmo y de fe. Vírgenes solitarias, austeros cenobitas, mártires esforzados que, como yo, vivieron sin amores ni placeres; que, como yo, arrastraron una existencia oscura y miserable, solo con sus pensamientos y el ardiente corazón inerte bajo el sayal, como un cadáver en un sepulcro. - Volví a fijarme en aquellas facciones angulosas y expresivas; volví a examinar aquellas figuras secas, altas, espirituales y serenas, y proseguí diciendo-: ¿Es posible que hayáis vivido sin pasiones, ni temor, ni esperanzas, ni deseos ? ¿Quién ha recogido las emanaciones de amor que, como un aroma, se desprenderían de vuestras almas ? ¿Quién ha saciado la sed de ternura que abrasaría vuestros pechos en la juventud ? ¿Qué espacios ni límites se abrieron a los ojos de vuestros espíritus ávidos de inmensidad, al despertarse el sentimiento...? La noche había cerrado poco a poco. A la dudosa claridad del crepúsculo había sustituido una luz tibia y azul; la luz de la luna que, velada un instante por los oscuros capiteles de la torre, bañó en aquel momento con un rayo plateado los pilares de la desierta galería. Entonces reparé que aquellas figuras, cuyas sombras se proyectaban en los muros y en el pavimento, cuyas ropas parecían moverse, en cuyas facciones brillaba una expresión indescriptible, santo y sereno gozo, tenían sus pupilas sin luz vueltas al cielo, como si el escultor quisiera semejar que sus miradas se perdían en el infinito buscando a Dios. A Dios, poco eterno y ardiente de hermosura, al que se vuelve con los ojos, como a un polo de amor, el sentimiento de alma. Hace ya mucho tiempo- yo no te conocía, y con esto excuso el decir que aún no había amado-, sentí en mi interior un fenómeno inexplicable. Sentí, no diré un vacío, porque, sobre ser vulgar, no es ésta la frase propia; sentí en mi alma y en todo mi ser como una plenitud de vida, como un desbordamiento de actividad moral, que, no encontrando objeto en que emplearse, se elevaba en forma de ensueños y fantasías, en los cuales buscaba en vano la expansión, estando, como estaba, dentro de sí mismo. Tapa y coloca al fuego un vaso con un líquido cualquiera. El vapor, con un ronco hervidero, se desprende del fondo, y sube, y pugna por salir y vuelve a caer deshecho en menudas gotas, y torna a elevarse, y torna a deshacerse, hasta que al cabo estalla comprimido y quiebra la cárcel que lo detiene. Éste es el secreto de la muerte prematura y misteriosa de algunas mujeres y de algunos poetas, arpas que se rompen sin que nadie haya arrancado una melodía de sus cuerdas de oro. |