Manuel Acuña
Manuel Acuña -
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A
Ch. . .
Si supieras, niña ingrata,
lo
que mi pecho te adora;
si supieras que me mata
la pasión que por ti
abrigo;
tal vez, niña encantadora,
no fueras tan cruel conmigo.
Si
supieras que del alma
con tu desdén ha volado
fugaz y triste la
calma,
y que te amo más mil veces,
que las violetas al prado
y que a
los mares los peces;
tal vez entonces, hermosa,
oyeras el triste
acento
de mi querella amorosa;
y atendiendo a mi reclamo,
mitigaras
mi tormento
con un beso y un "yo te amo".
Si supieras, dulce
dueño,
que tú eres del alma mía
el solo y único sueño;
y que
al mirar tus enojos,
la ruda melancolía
baña en lágrimas mis ojos;
tal
vez entonces me amaras,
y con tus labios de niño
mis labios secos
besaras;
y cariñosa y sonriente
a mi constante cariño
no fueras
indiferente.
Ámame, pues, niña pura
ya que has oído el acento
del
que idolatrarte jura;
y atendiendo a mi reclamo,
ven y calma mi tormento
con
un beso y un "yo te amo".![]()
A
Asunción
Mire usted, Asunción:
aunque algún ángel
metiéndose envidioso,
conciba allá en el cielo el
mal capricho
de venir por la noche a hacerle el oso
y en un acto glorioso
llevársela
de aquí, como le ha dicho
no sé que nigromante misterioso,
no vaya
usted, por Dios, a hacerle caso,
ni a dar con el tal ángel un mal paso;
estése
usted dormida,
debajo de las sábanas metida,
y deje usted que la hable
y
que la vuelva a hablar y que se endiable,
que entonces con un dedo
puesto
sobre otro en cruz, ¡afuera miedo!
No vaya usté a rendirse
ante el ruego
o las lágrimas y a irse. . .
que donde usted nos deje
por seguir en
el vuelo a su Tenorio,
después irá a llorar al purgatorio
sin tener
quien la mime, aunque se queje. . .
Conque mucho cuidado
si siente usted
un ángel a su lado,
que yo, como su amigo,
con tal que usted, Asunción,
me lo permita,
le aconsejo y le digo
que después de Rosario y Margarita
no
admita usted más ángeles consigo.
Estése usted con ellas
compartiendo
delicias e ilusiones
todas las horas tienen que ser bellas;
viva usted
muchos años
(como un humilde criado le diría)
y mañana que sola o entre
extraños
se encuentre por desgracia en este día,
si busca usted una alma
que la ame,
llame usted a mi pecho, y con que llame,
si no estoy muerto
encontrará la mía.![]()
A
la Patria
Composición recitada por
una niña
en Tacubaya de los Mártires,
el 11 de septiembre de
1873.
Ante el recuerdo bendito
de aquella noche sagrada
en que la
patria alherrojada
rompió al fin su esclavitud;
ante la dulce memoria
de
aquella hora y de aquel día,
yo siento que en el alma mía
canta algo
como un láud.
Yo siento que brota en flores
el huerto de mi ternura,
que
tiembla entre su espesura
la estrofa de una canción;
y al sonoroso y
ardiente
murmurar de cada nota,
siendo algo grande que brota
dentro
de mi corazón.
¡Bendita noche de gloria
que así mi espíritu
agitas,
bendita entre benditas
noche de la libertad!
Hora del triunfo
en que el pueblo
vio al fin en su omnipotencia,
al sol de la independencia
rompiendo
la oscuridad.
Yo te amo. . . y al acercarme
ante este altar de
victoria
donde la patria y la historia
contemplan nuestro placer,
yo
vengo a unir al tributo
que en darte el pueblo se afana
mi canto de
mexicana,
mi corazón de mujer. ![]()
El
Giro
Romancero de la guerra de
independencia
I
Medio oculta entre la selva
como un nido entre
las ramas,
y medio hundido en el fondo
tranquilo de una cañada,
allá
por aquellos tiempos
hubo en Landín una casa
que no por ser tan
sencilla
ni de un fecha tan larga,
era menos pintoresca,
ni
tampoco menos blanca.
Sombreaba su puerta un olmo
de hojosas y verdes
ramas,
punto de citas de todas
las aves de las montañas;
y en
uno de sus costados,
brotando límpida y clara,
estaba entre los terrones
y
entre las hierbas el agua,
de noche siempre tranquila
y eternamente
callada.
Apenas el sol naciente
filtraba por sus ventanas,
cuando
estremeciendo el aire,
sonaban dulces y claras,
la voz de una cuna
hablando
de cuanto los niños hablan;
la voz de una madre, rica
de
sentimientos y de alma,
y la voz de un hombres que era
la eterna voz
de la patria,
soñando ya con sus glorias
y ya con sus esperanzas.
Tez
cobriza como aquellos
primeros hijos de Anáhuac,
que tantas veces
hicieron
temblar de miedo a la España,
cuando la España atrevida
midió
con ellos sus armas;
fuerte y ágil como todos
los hijos de las
montañas;
como un labriego, robusto;
como un patriota, entusiasta;
como
un valiente, atrevido,
y como un joven, todo alma,
el hombre de aquellas
selvas,
el hombre de aquella casa,
era el eterno modelo
de esas figuras
sagradas
que en el altar de los siglos
hacen un Dios de una estatua.
Veinticinco
años apenas
por ese tiempo contaba,
y de sus nobles heridas
la suma aún
era más larga,
que no hubo por el Bajío
ningún combate ni hazaña
donde
su ardor no estuviera
donde faltara su lanza,
ni donde al grito de muerte
sus
huellas no señalara
con el licor de sus venas
o el de las venas extrañas.
Y
allí tranquilo y oculto
su triste vida pasaba,
lamentando en su
impotencia
la esclavitud de la patria
que renunciando a la lucha,
renunciaba
a la esperanza:
cuando una mañana, a la hora
que el último sueño marca,
despertó
oyendo a lo lejos
un ruido confuso de armas;
y adivinando al instante
la
suerte que le amagaba,
bajó del lecho al influjo
de una decisión
extraña;
besa en los labios a su hijo,
besa en la frente a su amada,
clava
los ojos ardientes
en la entreabierta ventana,
y al ver por sus enemigos
ya
casi envuelta su casa,
salta a las rocas, y entre ellos
se escapa por la
montaña.
II
Aún no se alzaba del todo
la niebla de la mañana,
y
aún no acertaban a darse
cuenta de tamaña audacia
los sitiadores
furiosos
que sorprenderle esperaban,
cuando al galope y bajando
camino
de la cañada,
vieron venir a lo lejos
un grupo de gente armada,
compuesto
de ocho jinetes
y el hombre que los mandaba;
en mayor número que ellos
y
con superiores armas,
seguros de la victoria
fácil que se les aguarda,
todos
empuñan las riendas,
todos afirman la lanza,
todos ven al enemigo
todos
miden la distancia,
y en silencio y todos ellos
prontos a ponerse en
marcha,
sólo esperan a que llegue
la hora de entrar en batalla.
Los
insurgentes en tanto
viendo las huestes contrarias,
más de coraje la
encienden
y más de amor la entusiasman,
y ansiosos de dar su sangre
por
la salud de la patria,
sobre el caballo inclinan,
la floja rienda
adelantan,
y fijos los barboquejos
y el sombrero hacia la espalda,
entre
la niebla y el polvo
corren, y vuelan y avanzan,
siguiendo entre los peñascos
al
hombre de la cañada.
Y ya los de Bustamante
su primer paso avanzaban,
anhelando
en su impaciencia
cómo acortar la distancia
que la interpuesta colina
con
un recodo aumentaba;
cuando de pie en lo más alto
de las rocas
escarpadas,
vieron alzarse a un jinete
que con voz sonora y clara,
"Yo
soy el Giro –les dijo,
-si al Giro es a quien aguardan;
y el que
lo busque que venga
si tiene honor y tiene alma,
que a todos espera el
Giro
frente a frente y cara a cara"-
Dijo: y los fieros dragones
al
grito de "¡Viva España!"
como un solo hombre treparon
hasta
donde el Giro estaba
dispuesto como los suyos
a sucumbir por la patria. .
.
Y fue la lucha, y terribles
al dar la espantosa carga,
insurgentes
y realistas
ardiendo en cólera y rabia,
se entremezclaron sedientos
de
victoria y de matanza. . .
Quiso la triste fortuna
favorecer a la España,
el
brillo de sus fulgores
negándole a nuestras armas,
que ya de los
insurgentes
uno tan sólo quedaba
a caballo todavía,
pero ya herido y
sin armas.
Era el Giro, que entre doce
dragones que le rodeaban,
sin
rendirse al desaliento
ni inclinarse a la desgracia,
luchaba y arremetía
contra
el que más se acercaba,
convirtiendo a su caballo,
a un tiempo en escudo
y arma.
Por fin un brazo atrevido
clavó en su pecho una lanza,
perder
haciéndole el poco
aliento que le quedaba;
pero él aunque ya en el
suelo,
con fuerza siempre y con alma,
coge la lanza, del pecho
sin
vacilar se la arranca,
y estremecido y al grito
de independencia y de
patria,
de pie sobre los peñascos
a sus contrarios aguarda;
y
después de herir a todos
los que acercársele ensayan,
hace huir a
los restantes
que ante heroicidad tamaña
se alejan, y desde lejos
lo
rematan a pedradas.
III
Mártir, que toda tu sangre
supiste dar
por la patria;
tú, de los desconocidos
que murieron por salvarla,
¡gracias
por tu fortaleza,
por tu sacrificio, gracias!
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